Dejo atrás la estupidez y el
humor grueso que suelen acompañar este blog más de lo que deberían para adentrarme
en un tema serio y sobremanera triste. La muerte de Dimitris Christoulas ha golpeado a un país tan devastado por la
crisis como Grecia y al mismo tiempo ha sacudido el manzano de la reprobación y
la furia, no solo en el país mediterráneo, sino más allá de sus fronteras.
Grecia se asoma al balcón de la
pobreza y la indigencia en un camino en el que parecen acompañarla otros como
Portugal o España, a un paso más o menos rápido pero con una certeza clara de
que se aproxima el invierno económico para más de uno de estos países. El
suicidio de un hombre de setenta y siete años, el cual en su último suspiro ha
exhalado una rabia más allá de toda medida, podría parecer un hecho causal, uno más de
los muertos que el hambre, la pobreza o la pena están llevando a los
cementerios con más velocidad de la debida.
Sin embargo el suicidio de Dimitris ha transcendido más allá de lo
local. Quizá sea el mensaje, furibundo e incluso despiadado, una llamada a las
armas, tan fácilmente comprensible como difícilmente aplaudible. Una búsqueda de
una revolución social que, extrañamente, parece estar encabezada por la tercera
edad, más que por esa juventud que acampa en busca de soluciones y tras unos
ideales tan dignos de perseguir como difíciles de alcanzar.
Parece que el señor farmacéutico,
que tras penurias y soledad encontró la solución a sus males con el suicidio
público, ha conseguido comenzar algo. Algo que podrá ser muy importante o
diluirse como un azucarillo. De la peor forma posible, con una pistola y una
muerte, ha dado voz a los afónicos, ha enrarecido el ambiente y ha lanzado una
proclama que ha pasado del papel en el que la dejó escrita al imaginario
colectivo. Un ¡Basta ya! escrito en sangre y regado en amargura, el nacimiento
de un mártir o la muerte de un sueño.
Y es que todas las revoluciones
necesitan un inicio y un clavo en el que anclarse. Quizá una de las mejores
ideas y uno de los mayores inconvenientes del creciente movimiento de “Indignados” haya sido el no poner una
cabeza visible, un nombre, una figura. Todos los movimientos que han cuajado,
por lo civil o por lo transgresor, han tenido una figura de hierro a la que
abrazar y a la que seguir, pues el hombre es un animal de principios, más
cómodo en el papel de oveja que en el de pastor. No digo que Christoulas sea un ejemplo a seguir, un
iluminado o un loco. Simplemente es un inicio.
Este señor era uno de esos
mortales de los que no hablaban jamás los diarios, olvidado por la simple razón
de pasear su vida dentro de los márgenes de la mayor de las normalidades. Una
persona más, un jubilado de setenta y siete años, como tu abuelo o el mío. Un
hombre común. Pero en algún momento el hombre común salta a la palestra y los
focos se dirigen desde el centro de la pista al graderío, donde levantar la voz
suele ser símbolo de sinrazón. Puede que este sea el caso.
O puede que no.
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