Un martes que se presentía lluvioso decidí ir
con mi señora esposa a ver Baby Driver,
a la sazón última película de Edgar
Wright, director de la trilogía del cornetto que siempre me aporta un rato
entretenido. A los quince minutos me quería ir de la sala.
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Desde aquí decir que Jon Hamm habría sido mucho mejor Punisher que el llorica de Jon Bernthal |
Y no porque la película sea mala. Quizá no
sea de fácil digestión por su escaso diálogo y mezcla de música e imagen. Quizá no sea para
todos porque se vende como un filme de acción cuando es más un drama romántico
con muchos volantazos. Me parece una más que correcta película, pero el
problema de ir al cine es que es algo que haces arriesgándote a pasar dos horas
en una sala en compañía de otros seres humanos con los que es más grande lo que te separa que lo que tienes en común. La
platea es como un muestreo, una placa de Petri de la sociedad. Y claro, ya
decía Garci que “qué grande es el cine”. Pero con lo grande que es el cine, y para
cuatro gatos que éramos en la sala, me fui a juntar con lo más granado de la
sociedad bufaleña.
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No va por ti, Chuck. A ti te respeto por la cuenta que me trae |
No me gusta generalizar, pero para aquel que
no esté ducho en lo que viene siendo la sociedad estadounidense y, más
concretamente, el individuo "middle-class" bufaleño, me gustaría decir que el ciudadano
local medio viene a ser así como tirando a bruto. Más que bruto yo diría que dejado. Ser
egoísta y así tirando a cortito es una mala combinación. Y más en un recinto
cerrado.
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¡Tranquilo Chuck, que era bromita! |