miércoles, 3 de marzo de 2021

LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Está muy en boga la profesión de opinador, oficio que permite a quién lo desempeña el decir, desdecir y contradecir cualquier cosa acerca de cualquier tema. Lo bueno de este tipo de ocupación es que autoriza a esgrimir una maestría sin igual en cualquier campo. Así tenemos peritos del séptimo arte metidos a epidemiólogos, talentos musicales con un envidiable conocimiento de la situación geopolítica actual, o licenciados en ciencias de la información que lo mismo destapan tramas de corrupción del más alto nivel que elucubran sobre la marca de gomina de la última y fulgurante estrella del Real Madrid. 

Inda ha aprendido tanto de fútbol que ya puede hasta simular agresiones

Renacentistas mujeres, hombres y viceversa que, puestos a opinar, no conocen límites para su imaginación, lo cual está muy bien. Ponerle un candado a la mente humana es poco menos que una tropelía, ya que de las mentes más insospechadas puede surgir una idea genial. Claro que esperar lo inesperado no es siempre la mejor opción, así que la pregunta que cabe hacerse algún día es, ¿por qué de súbito la lista de voces versadas en cualquier área se alimenta casi exclusivamente de presentadores de televisión, tertulianos, actrices o tonadilleras mientras se obvia a los verdaderos expertos?

Ejemplo de científico tras discusión con reina de la farándula

miércoles, 10 de febrero de 2021

SAINT MAUD

La autocrítica nos hace fuertes, dignos. Nos enseña nuestros límites y nos ayuda a superarlos. Es, en definitiva, un arma útil y necesaria a la hora de mejorar como seres humanos. Así que ahí va mi autocrítica de hoy. Soy un cagón y las pelis de miedo me causan pesadillas y momentos de sudor churretoso e insomnio irrecuperable. Yo soy así, y así seguiré. Nunca cambiaré.
Niña del Exorcista silenciando un cine

Eso no es óbice para que disfrute con las películas de terror cuando estas lo merecen. Más que nada porque no soy un cagueta al uso. Mi problema va más con lo sugestivo que con lo evidente. No me asustan los machetazos o los momentos de violencia. No me dan miedo los monstruos incuestionables. Es ese interrogante, ese ojo que ve durante un segundo aquello que no desea ver. Esa imagen grabada en el cristalino, transmitida al cerebro y sobreimpresionada en algún lugar de tu mente donde, cuando menos te lo esperas, vuelve a aparecer y a sembrar las dudas en tu subconsciente. Es, en definitiva, ese momento en el que los pelos de las nalgas se erizan sin saber muy bien la razón. Eso me da miedo.

The ring, cagazo desde el minuto cero
Así que allí me fui a ver Saint Maud, película inglesa si no me equivoco. Vanagloriada por algunos críticos como una vuelta de tuerca al cine de terror, me esperaba una ensalada de sustos y tensión. Sin embargo, Saint Maud es al cine de terror lo que Joker al de superhéroes. Un pretexto, una excusa. Humo y espejos para hablarnos de otro tema. Al igual que el payaso representado por Joaquin Phoenix, la Maud de esta película es solo una enferma mental a la que acompañamos durante su viaje a una locura religiosa sin control.

La Maud en cuestión en plena fiesta

Saint Maud no es una película para todos. Es lenta, rara y su personaje principal hace todo lo que puede para resultarnos distante. Maud (o Kate como la llaman sus antiguas compañeras de trabajo) es una chica que trabaja de enfermera y que, por lo que se descubre más tarde, vivía su vida alegremente, como cualquier otra. Un accidente fatal con un paciente la lanza a los brazos del extremismo religioso y ahí empieza el declive de Maud. Durante el metraje asistiremos al día a día de una chica que cree hablar con el Señor, tiene unas revelaciones casi orgásmicas a lo Santa Teresa y, básicamente, parece estar como una cabra.

Maud cantando un gol de Djurdjevic

¿O no? Spoilers después de la publicidad.

Igual algo hay de certeza en su locura

martes, 12 de enero de 2021

ASALTANDO EL CAPITOLIO

Los habitantes de la piel de toro tendemos a hablar de la idea de las “Dos Españas” como si se tratase de una anomalía, de una excentricidad propia a nuestra naturaleza más consustancial. Aunque la existencia de dos líneas divergentes de pensamiento político, social y hasta balompédico es inherente a lo español, no es una propiedad exclusiva de los habitantes de la península ibérica. Esta bipolaridad es extensible a otros países y, qué duda cabe, un país tan habituado a copiar e importar como es Estados Unidos, ha incorporado esta dualidad haciéndola suya. No olvidemos que los estadounidenses han adoptado una dieta basada en la pizza, los tacos y el pollo kung pao, así que queda claro que no son ajenos al hecho de incorporar recetas foráneas. Por tanto, una vez excluida esa idea de que los españoles somos los únicos que nos escondemos en el eterno guerracivilismo para identificarnos como miembros de éste o aquel bando, pasemos a lo que ocurrió el día de reyes en territorio comanche. 

Parece el campo del Galatasaray

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