
La cultura, mal que les pese a muchos, es un
bien de incuestionable calidad que, por derecho, debería llegar a todos. Sin
embargo son muchos los difíciles problemas que hay que afrontar cuando uno se
acerca al tema de cómo distribuir esta cultura, y más desde que internet se
convirtió en algo común e indispensable.
Ha existido una polémica sobre a quién
pertenecen los derechos de determinadas obras, ya sean musicales,
audiovisuales, libros, etc. De un tiempo a esta parte asistimos a la lucha
contra la piratería online, cerrándose páginas webs que enlazaban contenidos
que no les eran propios, permitiendo el acceso gratuito a películas o música.
Sin embargo hay algo que no se tiene en cuenta.
Cuando yo era chaval, era habitual comprarte
un CD por el cumpleaños, o por reyes, con precios que iban de las dos mil a las
tres mil pesetas. Salvo coleccionistas, el acceso a la música se lograba a
través de la radio y las copias en cinta de CDs ajenos, prestados o reservados
en la biblioteca. No había más. Ello limitaba tu conocimiento del medio al boca
oreja, la publicidad televisiva o las radiofórmulas y, de esta manera, artistas
de gran talento eran alejados del gran público.
De la misma manera, el encarecimiento de las
entradas de cine, ha traído consigo un descenso en el interés por determinadas
películas. Los “blockbusters”
veraniegos, las grandes películas trufadas de efectos especiales y escenas
impresionantes, siguen atrayendo al espectador deseoso de sorprenderse, pero casi
nadie paga los veintidós dólares que pagué ayer por “Godzilla”, para ver “Fading
Gigoló”, la última obra de John Turturro,
a la que le tengo ganas, pero que no me quiero permitir.
Y luego están los comics.