viernes, 11 de enero de 2019

Y AL DECIMOSEXTO MES...RESUCITÓ (MÁS O MENOS)


En septiembre de 2017 cerré la puerta de atrás a este blog de baja calidad y nulo interés. Escasez de ideas, falta de tiempo, nula capacidad... Se me acumularon tantos defectos que no pude encontrar la virtud para hablar de temas banales, importantes o incluso etéreos. A veces la vida se entromete en la vida y no existe forma o manera de dedicarse tiempo a uno mismo. A veces solo se navega entre sucesos buenos, malos o peores. En ocasiones solo somos pasajeros de una serie de eventos a los que únicamente podemos prestar atención como observadores, sin poder participar, sin poder opinar. Son esos momentos los que construyen la vida. No son los ratos en los que lavas los platos, conduces al trabajo o ves la televisión con la persona que amas. Todo eso lo damos por descontado y lo asumimos como natural mientras se escapa entre los dedos. Y de pronto un sobresalto, un alto en el camino, un suceso inesperado, un día que pretendes olvidar pero que es el que te acompañará en el recuerdo. Esos son los días que se te grabarán en la memoria. Esos son los días que, cuando te pregunten, serán tu vida.
La vida es lo que ocurre mientras crece Lena

Y no está bien. No diré que es injusto, pero sí que no lo considero adecuado. Han pasado muchas cosas en los últimos 16 meses desde que me senté por última vez en este mismo sitio y frente a estas mismas teclas. No todas malas y sin embargo son las únicas que me vienen a la mente porque si algo tiene crecer, madurar o envejecer es que en el camino empiezan a aparecer imprevistos que, como joven, nunca tuviste en cuenta y que, como adulto, empiezan a formar parte con demasiada asiduidad de la vida diaria. Y ya no recuerdas el último gol, la última victoria, el último beso o la última carcajada porque, de alguna manera, hay tanto bueno que ya no te planteas destacarlo. Y de esa manera, solo lo que puede anular el gol, empañar la victoria, avinagrar el beso o silenciar la carcajada persiste en el recuerdo. Y no está bien.
Aquí he visto al Sporting descender dos veces
Es complicado, cada día más, sacar tiempo para el disfrute, para lo hermoso, para lo relajante. Cada primer día del año nos planteamos favorecernos a nosotros mismos, eliminar el estrés de la vida avanzando por el lado menos oscuro de la misma y, cada año, parece que la piedra en el camino es un poco más grande y más difícil de bordear. Por eso me planteo que a esa piedra solo queda escalarla y llegar al otro lado con la mejor de las sonrisas.
Y también viví esta bendita locura
Porque quizá es que llevo un rato escuchando a Thom Yorke languidecer cantando Suspirium, el ejemplo más contundente de canción deprimente, y me estoy dejando llevar por la melancolía. De manera que mientras suena la triste voz del inglés tengo dos opciones. La primera es que me arrastren los recuerdos de unos meses que me han traído más pena que alegría. La segunda es pensar en lo hermoso que sería aprender a tocar el piano de una santa vez, sueño que arrastro de la niñez. De la misma canción, como de la propia vida, puedo sacar dos resultados a la ecuación y los dos serían igualmente válidos. Lo del piano va ir para largo, pero mientras me lo pienso he decidido darle a la tecla. No sé si tendrá continuidad, si algo volverá a impulsarme a sentarme frente a la pantalla de mi blog donde Thanos me mira desafiante convertido hoy en un icono del cine y el Brujo Quini remata desde el cielo. Lo que tengo claro es que voy a luchar para negarle al día a día que me vuelva a arrastrar a mi peor vertiente. Estos últimos 14 meses me he cansado de odiar, de enfadarme, de cansarme. Me niego a seguir así. Y sé que a ninguno de los posibles lectores les importa. Pero también sé que este texto no lo leerá nadie con lo que puedo destensarme y abrir mi mente con la privacidad que me confiere Jugando Pachangas. Un blog podrísimo, una terapia para el autor.


Se avecinan cambios y en un mes y medio le diré adiós a siete años de mi vida en Buffalo. Siete años, que pasan como un suspiro. He visto y vivido tantas cosas que sería imposible arrepentirme de prácticamente nada. Me queda mes y medio duro de cerrar miles de cosas que no sabía que estaban abiertas. Y luego se verá. En cuanto llegue el momento y vea que plantean las musas para mí, decidiré mi camino. Y lo que toque lo llevaré adelante con la mejor de las actitudes. Lo tengo tan claro que llevo 10 minutos escuchando la canción más triste del mundo con una sonrisa en los labios porque, tarde o temprano, me llegará el momento de sentarme ante un piano y ser capaz de tocar esta pieza. Y mientras llega ese día, creo que volveré a contar estupideces menos personales y más universales en éste, su podreblog. Que no estaba muerto, andaba de parranda. Aunque no lo sabía.



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