Siempre he tenido un gran respeto por los científicos. Claro que, en general, creo que hay que respetar cualquier profesión, más que nada porque soy de aquellos que consideran que cualquier trabajo es indispensable. Como muestra, un botón. Llegada la pandemia, la Universidad de Long Island decidió ahorrarse un dinero prescindiendo de gran parte de sus operarios de limpieza. Como resultado, ir a orinar en cualquiera de los baños de la escuela de Farmacia se convertía en una batalla campal con hordas de blatodeos, orden que engloba a las cucarachas y sus parientes cercanos. Hacer aguas menores se convirtió en misión improbable porque resultaba difícil mear mientras me vigilaba una miríada de seres con ojos compuestos. Concluyendo. Sin los de la limpieza, daba igual que yo fuese allí a trabajar cada día porque era imposible rendir de manera adecuada y mi salario se estaba tirando al sumidero mientras yo perdía ratos en buscar donde evacuar con tranquilidad.
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Esto me pasaba cada dia. También soy yo muy de trabajar en ropa interior |
Sin embargo, y preveo una entrada larga hoy, hay mucho científico que se da golpes en el pecho a tenor de su título y su formación, esgrimiéndolo como gran logro que hace palidecer los triunfos de otros con menor talento y habilidad. Uno de esos elementos, grandes científicos de enormes palabras, es la señora Mayim Bialik. Blossom, para los de mi era. Actriz de cierto talento para la comedia, se empeñó en hacer circular una historia sobre sus logros como neurobióloga. Tras ver un episodio de Big Bang Theory en el cual el personaje de Bialik come en el laboratorio con los guantes puestos, me vino a la cabeza que era imposible que esta chica hubiese puesto un pie en un espacio donde se trabaja con muestras humanas. Así que la pregunta es ¿neurobióloga? ¿de qué?
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Vale, yo también comí torreznos una vez en el labo, pero estaba empezando, era joven... |