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viernes, 9 de junio de 2023

CUATRO RATONES VALIENTES (Cuento infantil)

Escuchad niños.

Los tiempos han cambiado mucho desde las antiguas y fantásticas edades de las que os traigo esta historia. Dejadme contaros que, en otros tiempos, una princesa podía no dormir por la molestia de un guisante escondido bajo decenas de colchones, una niña fue capaz de cruzar un bosque regentado por un horrible lobo, otro valeroso muchacho creció educado por fieras salvajes y un flautista logró hacer salir bailando a unos ratones de la ciudad de Hamelin ¿No es sorprendente?

Y de ratones vengo a hablaros. Los ratones, esos pequeños granujillas escondidos entre los maizales. Enemigos del hombre les llaman. Les persiguen y les pegan con la escoba, más no saben que hace tiempo, mucho tiempo, el hombre y el ratón eran fantásticos aliados. Así que sin más dilación os cuento la historia de “Los cuatro guerreros ratón”. En realidad, no eran guerreros y en su vida habían portado espada o arma alguna, pero el comienzo de una historia siempre es importante, aunque no sea del todo cierto.

domingo, 16 de noviembre de 2014

FORGO EL DRAGÓN






(Hoy vuelvo con la sección CUENTOS, que tenía harto olvidada debida a la baja calidad de los mismos y al poco éxito. Pero he pensado "qué mierda, si este blog no lo lee nadie". Así que para adelante con más cuentos. El dragón de la imagen ha sido dibujado por alguien llamado Sandara, especialista en el tema draconiano. Empecemos)

viernes, 7 de septiembre de 2012

LA HAMBURGUESERÍA DEL SEÑOR SCHENCKLER


El anciano doctor Sars volvía a su alma mater, al que fuera su hogar durante tantos años de estudios y donde había desarrollado una carrera científica tan brillante, que décadas después los mejores laboratorios de física del mundo se peleaban por oír las sabias palabras que aquel anciano de pelo cano tenía guardadas para ellos. Pese a lo apretado de su agenda, Sars guardaba una fecha cada año para ir a su antigua universidad.
Los altos estamentos le habían ofrecido todo tipo de lujos y comodidades de cara a que su estancia en la ciudad fuera lo más cómoda posible. Sars los rechazó todos. Se hospedó en un pequeño hostal a las afueras y desde allí comenzó un viaje a través de sus recuerdos, de olores, de colores, de sonidos que parecían haberse detenido y no haberse rendido ante el paso de los años. Observó el travieso parecido de la pequeña nieta de su antigua vecina, la señora Ellis, con la que fuera su abuela, ahora fallecida y en cierto sentido olvidada. Su familia había heredado el hogar de los Ellis, pero parecía que los que moraban allí no compartían su sangre ni sus modales de anciana dama del sur. Sars se desplazó dando un pequeño paseo, recorriendo la distancia que sus oxidados huesos le permitían. Buscó la antigua barbería, el olvidado comercio donde compraba la carne para los guisos de su madre y el vetusto café donde su padre le contaba una y otra vez las mismas historias de cómo pescar las mayores percas sin romperse la espalda. Todo había desaparecido, así que Sars, experto en la materia de la física cuántica, las fórmulas matemáticas, los positrones y los taquiones, tuvo que reconocer que por un momento, su cabeza le había jugado una mala pasada y que todo aquello que había reconocido como su hogar, había dejado de existir, dejándole en un lugar en el tiempo y en el espacio al que era ajeno.
Con un último esfuerzo decidió acercarse al templo de donde manaban sus mejores recuerdos, al hogar donde había conocido a Jane. A ese pequeño bar regentado por aquel gruñón y mal encarado Matt Schenckler, que odiaba a los negros como Sars, pero que los atendía pendiente del dinero que entraba y salía de la caja. Allí, en aquel tugurio que vendía las mejores hamburguesas, servidas en los más sucios platos, allí, una pequeña muchacha llamada Jane se presentó al tímido estudiante de físicas y comenzó un amor que les acompañaría toda la vida. Aquel antro se convertiría en el inicio de una vida juntos, el hogar de miles de citas, reuniones para los exámenes, comidas con sus amigos. Por ello, tiempo después, cada año, cuando Sars visitaba la universidad para otra de sus charlas, él y Jane comían una de esas hamburguesas grasientas y contraindicadas para ancianos de colesterol medio.
Pero hacía cinco años que Sars no volvía. Cinco años sin Jane. Cinco años de soledad para un hombre que había dedicado tanto tiempo al trabajo que no dejó nada para tener hijos o familia. Sars se arrepentía al mirar atrás. Sentía no haber dedicado su vida entera a su mujer y ahora que no estaba, se daba cuenta de lo vacío que era todo sin ella, de cómo las teorías, los datos y los números que llenaban su pizarra, no eran capaces de completarle. Así que Sars se disponía a dar su última charla y retirarse. No tenía nada por lo que vivir. Los ojos de los alumnos deseosos de escuchar sus últimos hallazgos o sus historias acerca de cómo el tiempo y el espacio se redefinían continuamente ya no le hacían mella. En estos cinco años, Sars había creado una coraza para evitar dejar salir la pena de su interior, pero junto a la pena anidaba la culpa. Él, un estudioso del tiempo, no dejaba de pensar en cuanto de aquello que miraba día sí y día también, se le había escapado entre los dedos.
Sorprendentemente el tugurio seguía abierto y Sars, que se sentía incapaz de sonreír por nada, se encontró con un pequeño motivo de alegría. Algo se mantenía después de todo. Además, aquel cuchitril parecía haber seguido inasequible al desaliento, a la presión de las grandes cadenas de comida rápida, a los deseos de los jóvenes de colorido y ruido. Como un olvidado dinosaurio, el restaurante del horrible señor Schenckler seguía allí. Sars no pudo evitarlo y entró.

domingo, 10 de junio de 2012

EL PRINCIPIO DEL MUNDO



Ana y Vicente se sentaron a la mesa del restaurante. Era el primer día de sus vacaciones, en el que no pudieron disfrutar de una mañana en la playa. Las olas del mar Mediterráneo habían aumentado hasta hacerlo irreconocible y golpeaban la costa con fuerza creciente pese a lo despejado y luminoso del día. Ese problema con las mareas, había interrumpido la posibilidad de una plácida mañana y había causado un serio inconveniente en la pareja. Les había dado ocasión de hablar. Habitualmente, Ana y Vicente se levantaban en la cama del hotel y emprendían juntos el camino a la playa donde ella se sumergía en sus novelas y el desaparecía enfrascado en la lectura de todos los diarios deportivos. Un chapuzón ocasional en el agua, en turnos separados con la disculpa de vigilar las pertenencias y no abandonarlas en la playa a la vista de ocasionales descuideros, un rato al sol y vuelta al hotel.

Pero esa mañana no. Esa mañana no había sido así. Tras comprobar la imposibilidad de disfrutar de la cálida arena de la playa, volvieron a la habitación que se hizo minúscula por momentos. Acordaron salir a pasear por el pequeño pueblo, otrora pesquero, ahora anegado por el turismo. Visitaron tiendas y parques como si de una pareja normal se tratara. Hablaron lo mínimo indispensable, algún diálogo banal sobre la belleza de una iglesia o el precio de unos zapatos. Por dentro ambos paseaban a su vez por sus mundos personales, alejándose cada minuto más y más de la realidad y sumergiéndose en el distante trabajo, en los niños, ya lejanos en casa de los abuelos y único nexo de unión para una pareja rota desde hace años. Podrían haber estado perfectamente solos y sin embargo la mera compañía del otro aumentaba su incomodidad.

Así pasaron el día hasta que llegó la hora de comer. Escogieron sitio en la terraza, abanicados por el aire. Vicente observó el puerto, con los veleros moviéndose arriba y abajo por el ímpetu del otrora tranquilo mar. Ana, con el océano a sus espaldas, decidió ver a la gente pasar con sus vidas que a ella se le antojaban perfectas, con sus diálogos y sus risas que le quedaban lejanas como un sueño de juventud. Leyeron los menús y pidieron la comida con voces monótonas. Llegaba el momento de hablar, ¿pero de qué? Estas vacaciones para arreglar lo suyo, ¿de qué habían servido? Solo para ahondar en la profunda distancia que entre ambos existía.

Los platos llegaron acompañados del rugido de una tormenta lejana que permitió el enésimo comentario sobre el tiempo que Ana lanzó esa mañana. Pero esta vez había algo, algo más sobre lo que hablar. Vicente le señaló a Ana como los barcos se movían con tal fuerza en el agua, que parecía que se iban a lanzar desde el mar a la poco transitada carretera. Ana se volvió y tras largo tiempo meditando, le dio la razón a su marido. Además ambos observaron que no había nubes en ninguna dirección, entonces ¿dónde estaba la tormenta cuyos truenos parecían escucharse incesantemente? Ana y Vicente apenas hicieron caso del camarero cuando trajo sus platos. Vicente se levantó alarmado. El horizonte parecía haber cambiado. Lo observó elevarse, pero no era el horizonte, era el mar el que se elevaba. Primero un poco, luego un poco más.

miércoles, 14 de marzo de 2012

LA PESCADERA

Acercaos chicos a la hoguera. La historia va a empezar. Estamos en el sitito adecuado, donde todo ocurrió. A nuestra izquierda la vieja carretera que sube hasta el pueblo, a nuestra derecha un oscuro barranco que se pierde más allá de la imaginación. Un precipicio poblado de ramas, raíces y rocas. Inhóspito y lleno de vacío y amargura, porque aquí comenzó nuestra historia años atrás, una historia que como las mejores, está condenada a volver, a repetirse y siendo una historia de terror, a atormentar a aquellos que la tomen a sorna, mofa o desprecio.

Sentaos muchachos y escuchad como no hace muchos años, un terrible suceso concluyó de una forma no menos terrible. Dos muertos. Dos vidas sesgadas para dar lugar a una leyenda forjada en fuego, ira y venganza. Y pese a su horrible final, debo decir que tiene un bonito principio, con una pareja, una joven pareja que regresa a casa tras una noche de diversión, pero para la cual, durante el viaje, surge un terrible problema, una confrontación. Y es que los amores jóvenes son tan hermosos como peligrosos. Las hormonas van y vienen y el primer amor aparece a la vuelta de la esquina, pero, qué os voy a contar que no sepáis.

La joven pareja de la que os hablo se aproximaba a su recién adquirido hogar, envuelta en una agria discusión. La noche de copas y risas dio paso a los reproches y las malas caras. Ella, la antaño pescadera de nuestro hermoso pueblo, le reprochaba a él sus ojos cariñosos, sus miradas furtivas, sus excesos verbales hacia otras mujeres. Él,  por su parte, se defendía atacando, puesto contra las cuerdas por cuanto la verdad salía de los labios de su acompañante. La acusó de celosa, de mala mujer, de harpía y de todas esas cosas que se dicen al calor de la noche cuando el alcohol habla por boca de uno. Ella, frustrada, se sintió triste y le echó en cara los sacrificios y desvelos que realizaba para mantener a ambos. La única que trabajaba. Todas las mañanas camino de la rula para conseguir los mejores precios. Todos los días conduciendo por aquella angosta carretera de montaña con el único objetivo de ganar el dinero suficiente para el tren de vida que ambos llevaban y para el cual, él no colaboraba ¿Y ahora se atrevía a mirar a otras? ¿Cómo era capaz? ¿Quién iba a sacrificarse por él? ¿Dónde iba a hallar otra como ella? Y él, harto y estúpido habló. Y él, ebrio y enfadado mintió. Y con sus palabras precipitó un fin que hoy es el principio de cuanto aquí os cuento. Tornó su fantasía en realidad, puesto que cierto era que miraba a otras, más nunca había sido infiel. Aún así, la mentira nació de sus labios con profunda convicción. “Otra he encontrado”, dijo él, “Mejor que tú, más bella, más adinerada, más ardiente y pasional, y me quiere, no pienses mal”. Ella no se dio cuenta de que tan profunda perfección no existe más que en sueños de poeta enamorado y en mentiras de borracho desencantado. Ella le creyó, creyó cada una de las absurdas locuras que salieron de los labios del que fuera su amante y confidente. Ella confió en él, y ahora se encontraba en una situación que no podía soportar. De esta manera, presa de la rabia y la frustración de una vida de esfuerzo culminada en tal sinsabor, la mujer, la pescadera, asió el volante y decidió acabar con su sufrimiento y la falsa felicidad de su novio.

Ambos se precipitaron al vacío, aquí mismo, a este lado de la carretera donde todos en corro os halláis sentados. Cayeron entre las llamas de un depósito incendiado y de un odio más allá de toda medida. Destrozaron rocas, ramas raíces, piel, huesos y corazones. Ambos perdieron la vida en el proceso, dando con sus huesos en lugar tan inaccesible, que nunca se les buscó, a sabiendas de que nunca se les hallaría.

Pero se equivocaron.

martes, 6 de marzo de 2012

CUENTOS DE PRINCESAS


Desde lo alto de mi torre, de mi celda, de mi presidio, oteo el horizonte en busca de esperanza. Con la mera compañía de mi ama de llaves, carcelera y enemiga, paso los días con la necesidad de un caballero que venga a rescatarme. Sueño con un hombre fornido y armado que descienda de lomos de su corcel, postre su rodilla en tierra y me salude descubriendo un hermoso rostro bajo su yelmo. El me sonreirá, yo sonreiré, y con un simple gesto echará abajo la puerta del castillo, ascenderá por la escalera de caracol que lleva del patio a mi habitación y entrará iluminando mi oscura vida, cogiéndome en brazos y llevándome a vivir una etapa nueva, llena de amor, lujo y aventuras.

Más ¿qué veo?, mejor dicho, ¿Qué es aquello que oigo?, ¿Son los cascos de un caballo? Sí, lo son. Mis ojos azules como el azul cielo apenas lo vislumbran, pero entre los árboles del bosque que rodea mi mal llamado hogar, percibo un fulgor plateado, un brillo de otra tierra. Un hombre, sin duda, vestido para el combate. Brillante armadura, poderoso galope ¿Será éste el día? ¿Se acabarán mis penas? Mi vieja ama de llaves rechina los dientes. La oigo desde aquí. Odia servirme, odia vigilarme, más cuando yo me vaya, ¿qué vas a hacer, vieja bruja?

Pero, un momento, desde el este llega otro sonido ¿Otro galope? ¿Cómo es posible? Años de espera y hoy dos pretendientes, ¿puedo ser más afortunada? ¿A quién elegir? ¿Desde cuándo puede una princesa encerrada en una torre elegir? Creo que seré la primera ¿A quién escoger? ¿Al más guapo? ¿Al más fuerte? ¿Al más rico? Tanto tiempo y tantas dudas acumulándose. Me siento nerviosa, mi cuerpo tiembla. El caballero del este viste de negro. Mala señal. Solo los villanos visten de negro ¿Será un villano? Entonces mi decisión será sencilla, aunque los malvados, por alguna razón que una princesa como yo desconoce, suelen ser más afortunados que los bondadosos. Parece que tendré una tarde interesante. Ambos se aproximan, pero mi galán venido del norte y envuelto en plata es el primero en llegar.

Su caballo es blanco como la nieve de las altas montañas y la estampa del joven es formidable. Baja del corcel de un salto y se quita el yelmo con una clase innegable. Ahí está. El hombre de mis sueños. Rubio. Hermosa melena. Mentón duro y una sonrisa que rima con sus bellos ojos azules. Sin duda la mirada de nuestros hijos deslumbraría al propio sol. Hinca su rodilla en tierra. Me sonríe y me pide permiso para tomar la torre por la fuerza. Pero dudo.

Y ahí llega la razón de mi duda, mi caballero negro, el malvado hombre que acelera mi corazón. Su caballo parece atrapar la luz del alrededor en su oscuro pelaje. La tierra tiembla a su paso. Se acerca mientras mi otro seguidor lo mira con ojos desafiantes. El caballero oscuro desciende de su montura con una fuerza inusitada y mi corazón aumenta su ritmo. Se descubre. Su rostro duro, hercúleo, tallado en mármol. Sus ojos negros, poderosos y fuertes. Su melena a juego con la crin oscura de su caballo. Un hombre con todas las letras. No se arrodilla. No hace falta. Ha venido a tomarme tanto si quiero como en el caso contrario. Me mira y me derrito. Miro a mi otro pretendiente y me enamoro ¿Qué hacer?

Ellos deciden por mí. Desenvainan sus espadas y comienzan a batirse en duelo singular. El caballero rubio es más rápido, más ágil, y su esgrima es bella y estética. La bestia de pelo negro es fuerte, poderosa, ruge como un animal. Sus tajos cortan el aire y destruyen todo lo que alcanzan. Ambos se igualan en poder, técnica y destreza. El combate es hermoso, puro y violento. Mi corazón se lanza y toma partido, ahora por uno, luego por otro. Uno retrocede, el otro avanza, se tienden trampas, fintan y engañan. La batalla es cruel, dura y despiadada pues el trofeo así lo merece. Se juntan rostro con rostro, con ojos fieros, respirando agitadamente y en un rápido gesto ambos caen, uno sobre el otro, y..

jueves, 9 de febrero de 2012

EL NIÑO QUE VIO AL CAPITÁN AMÉRICA


-Yo tenía una librería en Dortmund- explicaba Josef a uno de los nuevos. Esta última remesa de presos que había arribado a Dachau estaba formada en su mayoría por niños y mujeres. Los presos más veteranos, grupo del que Josef formaba parte, solían tomar en cargo a los recién llegados. La entrada era dura y trataban de suavizarla. Además corría uno de los inviernos más difíciles que habían soportado. Los piojos se habían vuelto legión y los presos caían envueltos en fiebres durísimas, que en el debilitado estado en el que se encontraban y ante la connivencia y el desprecio de los soldados nazis que los custodiaban, habían convertido cada mañana en un recuento de fallecidos.

Sin embargo la muerte no era novedad en Dachau. Lo que era extraño allí era la vida y la felicidad. Para Josef, la llegada de aquellos niños se convertía en algo importante. Sus años de librero le habían convertido en alguien culto y evidentemente leído. El campo de concentración, había reunido entre sus presos a decenas de profesores y maestros de escuela, pero los niños de Dachau no necesitaban la gramática o la filología entre sus conocimientos. De esa manera, las historias narradas por Josef, congregaban docenas de niños y no tan niños a su alrededor. Josef narraba siempre el mismo tipo de historias. Las contenidas en su memoria eran miles, pero no era el momento de dramas Shakesperianos, ni de tragedias griegas. La historia, la belleza, la fuerza que había rodeado al crecimiento del ser humano y que parecía haber desaparecido en aquel gris entorno, era lo único que Josef se permitía rescatar del baúl de su conocimiento e intentaba transmitir con la mayor serenidad y belleza posible. Ante los ojos de los habitualmente reunidos y de dos muchachos que habían llegado en la última oleada y que intentaban amoldarse a la vida de barracón, Josef comenzó a narrar sus historias y por un momento las pirámides de Keops parecieron alzarse junto al barracón dos mientras el Rey Arturo cruzaba al galope por entre los guardias empuñando su fiel Excalibur con la mano derecha. Josef sentía que se quedaba sin historias que contar, pero la rápida desaparición de su público hacía que en ocasiones repetir una leyenda se volviese algo nuevo para todos. Los guardias asignados permitían las reuniones de Josef, las cuales el suponía no estaban del todo permitidas, y se quedaban a escuchar. En alguna ocasión, Josef les había visto sonreír ante una de las aventuras de Jack “el mata gigantes” o cualquiera de los cuentos que narraba a sus seguidores más jóvenes.
 
Josef veía pasar así la vida. Escapaba como podía del tifus, de la cámara de gas situada en el barracón X y de los terribles experimentos realizados por el doctor Rascher, cuyos “voluntarios” nunca volvían. Cada noche era una victoria, un día más en el infierno, pero una victoria al fin y al cabo. Pero esa noche iba a ser diferente porque era la última noche de Dachau, y a la alcoba de Josef se acercó un niño, uno de los nuevos.
 

sábado, 7 de enero de 2012

EL DIOS ÁGUILA

El capitán Soares observó a la tripulación. Comprobó como la rutina se adueñaba de los actos de sus hombres. Sin embargo, este viaje no había comenzado como algo rutinario y no estaba destinado a serlo. La captura de los salvajes había empezado sin novedad. El trato con uno de los jefes de la región africana, había permitido incorporar al barco a casi cuatrocientos negros a los que llevar a Veracruz. El jefe de la tribu había sonreído al deshacerse de sus enemigos. Pero entre ellos había uno que aquel hombre consideraba el peor de todos. Una mujer. Vieja y sin apenas dientes. Soares preguntó al líder de la tribu cuál era la causa del recelo. El jefe la llamo bruja. Ese adjetivo bastó para cautivar el interés de Soares. Pese al escaso valor de la mujer en el mercado, las historias de brujas y demonios habían intrigado al capitán desde su más tierna infancia. La alojaría en el barco con los demás hasta que finalizase de divertirle. Luego le rebanaría el pescuezo y la arrojaría por la borda.

Soares descendió por las escaleras hasta donde los presos se hacinaban como mera carga en espacios tan diminutos que impedían en ocasiones la extracción de los cuerpos muertos y descompuestos. El olor era nauseabundo y penetrante y sin embargo, la rutina, una vez más, había hecho inmune al desagrado a toda la tripulación. Entre los aullidos y los lloros de los presos, entre las blasfemias y los insultos de los encargados de alimentarlos, sobre todos los sonidos vibraba la oración de Nasru, la bruja. Soares la había encadenado al pie de las escaleras y todos los días bajaba a hablar con ella. Versado en las lenguas de las tribus africanas intentaba comunicarse con la anciana, aún así el idioma de la canción que salía de los labios de Nasru era irreconocible para el veterano marinero. La bruja cantaba y cantaba una melodía arrítmica, la cual aumentaba y disminuía su volumen sin orden y solo se detenía cuando los fieros ojos de la prisionera se fijaban en el capitán. En ese momento ella sonreía y le decía con voz clara y en un portugués perfectamente comprensible –El Dios Águila pronto vendrá a verle capitán- Soares le preguntó por su Dios, se burló de ella, la azotó día tras día y aún así aquella anciana mantenía una fuerza indómita, superior a la de sus compañeros de viaje, muchos de los cuales habían fallecido, y Soares sabía que era su esperanza sincera en la llegada del Dios Águila, lo que la mantenía en pie. 

lunes, 19 de diciembre de 2011

ROBERTO

La silla de ruedas de Roberto entró empujada por una enfermera y haciendo rechinar sus ejes. Sobre la cama de la habitación yacía el cuerpo de un niño, roto, con un único hilo de vida uniéndole a este mundo. Roberto vio a su hijo en la cama y se llevó la mano a la boca para no dejar escapar un chillido de dolor. Sus ojos se inundaron de lágrimas y se derrumbó sobre sus destrozadas rodillas mientras la veterana y curtida enfermera sentía como su alma se rompía por dentro. Por más dolor que veía en el hospital, no era capaz de acostumbrarse y cada día que observaba una escena de pérdida, la tristeza se asomaba a su rostro y su profesionalidad se tambaleaba ante el drama ajeno. Acarició el pelo de Roberto mientras él lloraba amargas lágrimas doblado sobre sí mismo. En un susurro llamó a su hijo, sangre de su sangre con el que compartía hasta su nombre.
El médico que se encargaba del pequeño Roberto ordenó pasar a la enfermera, la cual comenzó a empujar la silla con su paciente. Ambos se acercaron a la cama mientras el doctor comenzaba a hablar, pero Roberto estaba a kilómetros de allí, en los recodos de su memoria, en los parques donde jugaba con su hijo cada vez que un minuto del reloj se lo permitía. Roberto no oía las palabras del hombre de la bata blanca y a través de sus ojos percibía la imagen de su hijo comatoso, pero a su cerebro llegaban escenas de un pasado mejor, un pasado perdido y que no regresaría. Esos pensamientos le devoraron desde dentro y a la altura del torso de su hijo, estiró los brazos y los colocó sobre el pecho del niño que respiraba empujado por máquinas y cables. Le acarició el costado con un llanto monocorde en sus labios, roto por la pena y la culpa. Con su mano derecha llena de cortes tomó la de su único hijo y acarició cada uno de sus dedos mientras miraba sus ojos cerrados y su mandíbula apretada. Una enorme cicatriz recorría su cabeza desprovista de cabello. Recorrió cada recoveco de su mano y la besó con sus labios cubiertos de moco y lágrima.
-Señor Suárez- preguntó el médico con tranquilidad y sin apurar a su interlocutor. Roberto depositó la mano de su hijo entre las sábanas, tapándola para que no tuviese frío, como si existiese una posibilidad de que padeciese algún tipo de sensación. Volvió a acariciar su pecho, sintiendo en esta ocasión la fría cicatriz que recorría el pequeño cuerpo desde la garganta hasta el abdomen. Con este gesto se dio cuenta de la delgadez extrema de su pequeño. Le palpó las costillas, la cadera y su mano volvió a subir en dirección al rostro.
-Podrían incorporarme- suplicó Roberto sin mirar a nadie más en la sala. El médico asintió. En lugar de levantar a Roberto, la opción sencilla era hacer bajar la cama de su hijo. Extrañamente, Roberto sintió vergüenza por no haberse dado cuenta de lo obvio. Ya no volvería a levantarse por sí mismo de aquella silla.
Su hijo, su niño, su vida yacía allí. Los sueños de Roberto, sus esperanzas, su trabajo diario, su esfuerzo, los ahorros de toda una vida, el hablarle de las chicas, el reñirle al verle borracho. El futuro de un niño, la vida de un hombre, ambos rotos. Todo había saltado en pedazos.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

MELVIN NO PUEDE DORMIR


Melvin entró en la casa como una rata, no solo por el poco ruido, también por sus gestos, su respiración, su mente incluso, guidada por los instintos más primarios, por las fuerzas animales que el hombre ha enterrado bajo años de evolución. Pero en el caso de Melvin, la locura ha abierto el nicho para instintos depredadores ocultos.

Melvin es un pobre hombre, sabe que es un pobre hombre y todos le dicen que es un pobre hombre, pero en sus sueños, cuando duerme, es un hombre imponente, triunfador e imparable. Aún así, una vez despierto, la fuerza que dan los sueños hace que Melvin  se sienta grande, días en los que está destinado a grandes cosas y en esos días, Melvin escapa por la puerta de atrás de su autocontrol y se convierte en un depredador, un monstruo. Cuando la razón salta por la ventana abandonando el barco, Melvin da salida a su única forma de expresión y busca mujeres a las que someter. No es un acto de locura. Una vez que una mujer despierta ese lado siniestro de su mente, Melvin no parará hasta hacerla suya, lo planea, lo busca, lo necesita. Hoy paseando, ha visto a una mujer de aspecto pudiente, vestida como una alta ejecutiva, con una seguridad y una fuerza que Melvin le quitará y absorberá hasta hacerla suya, porque Melvin no es idiota y sabe lo que es, sabe que no es nada, es consciente de su bajeza, pero llegado el momento impondrá su fuerza tomando la de alguien más débil. Así que Melvin la sigue y la estudia. No hay marido, ausente supone. En los dos días que la ha seguido no lo había visto, pero hoy ha observado que la mujer entraba en casa con un niño en un carro para bebés. Melvin no entiende la causa, ni falta que le hace, pero la presencia del niño le excita y le empuja a la decisión final. La hará suya. Una vez atravesada la puerta, solo necesita sigilo. No oye ni televisión ni radio en la planta inferior, solo un  tenue ruido en la planta superior de la casa. Melvin suda imaginando las atrocidades que cometerá. Piensa arrastrarla del piso superior y violarla en las escaleras para luego lanzarla a la planta baja por las mismas. Piensa en reírse y disfrutar, en verla llorar y gemir, la baba se le cae por la comisura cuando comienza a ascender despacio y en silencio. Ya en el piso superior una luz suave  sale de una habitación entrecerrada. Melvin se arrastra como un reptil en dirección a la misma mientras por su mente pasan imágenes de una mujer semidesnuda peinando sus rizos ante el tocador. La música monótona y sin acordes claros no penetra en la mente de Melvin. Ya no oye, apenas ve, consumido por un deseo irracional. Entonces Melvin abre la puerta y se paraliza. La mujer se gira en el interior de una habitación cuyas paredes están bañadas en rojo. Está semidesnuda, sí, pero su único ropaje es la sangre que le cae desde la mandíbula hasta los tobillos, cubriéndole el pecho y la cintura. La tenue luz la baña reflejándose y emitiendo un fulgor escarlata. Melvin se queda quieto, su instinto de violador ha ido a pedir socorro a su instinto de supervivencia, pero éste le responde con un vuelva usted mañana. La mujer lo mira y sonríe con el niño muerto a su espalda y se abalanza hacia Melvin con el cuchillo con el que acaba de cometer el acto más atroz, y es en ese momento cuando Melvin por fin es consciente de una verdad, que ni siquiera el peor de los hombres puede hacer sombra al mayor de los diablos. Melvin logra huir, la mujer le corta las manos y el pecho, pero logra escapar escaleras abajo, irónicamente cayéndose por las mismas. Huye por la puerta mientras oye risas que escapan de la casa y que le acompañan en su huída durante minutos que parecen horas. Llega a su casa y piensa en llamar a la policía pero sabe que no puede hacerlo, le descubrirán. 

Melvin es un pobre hombre, sabe que es un pobre hombre y todos le dicen que es un pobre hombre, pero en sus sueños, cuando duerme, es un hombre imponente, triunfador e imparable.

El único problema es que ahora, Melvin no puede dormir.

jueves, 10 de noviembre de 2011

RESURRECCIÓN

Los tres hombres reunidos en la sala menos lujosa del palacio, esperaron la entrada del cuarto. Éste portaba una tela, una mortaja oscurecida de sangre y en cuyo interior todavía se encontraba el cuerpo que la manchaba. El trío que esperaba se agrupó y el cadáver fue arrastrado hasta depositarlo a sus pies. El legionario que había traído el cuerpo los miró con ojos furiosos. La misión que le había sido encomendada había resultado más complicada de lo esperado, y muy desagradable para él.
-Nada puede salir de esta sala- dijo el prefecto de Judea, Poncio Pilato –Nosotros tres y tú, pese a tu bajo rango - dijo mirando al soldado –somos los únicos que conocemos el secreto- Los demás asistentes a la reunión asintieron mientras el cuerpo envuelto en aquella sábana permanecía ante ellos.
Junto a Pilato, además del soldado encargado de transportar el cuerpo, se encontraba el jefe de la guardia del prefecto y un enviado del emperador Tiberio llamado Lucio. Toda vigilancia de la sala había sido despejada y los sirvientes de Pilato habían recibido órdenes de alejarse de la estancia y no molestar. El legionario Pilus había atravesado pasillos vacíos con su carga. Había sido una operación tan rápida que lo más sencillo fue vaciar determinadas alas del palacio para despejar el camino. Ocultar el paquete o desviar la atención de los observadores, habría provocado habladurías y comentarios. Dada la inestable situación política y religiosa de Judea, nada de eso interesaba. Había que operar con el mayor de los rigores y una discreción más allá de toda duda.
El representante del emperador no pudo reprimir sus dudas y apuró a Pilato a que explicara la causa de la reunión que le había hecho venir de tan lejos. El prefecto carraspeo y comenzó a informar a su superior.
- No es un secreto que intento gobernar una región ingobernable. Los judíos no respetan las órdenes de Roma. Su fervor religioso ha dado paso a una creciente fiebre subversiva. Los grupos rebeldes surgen y aumentan su poder día tras día. La gente los aclama y vitorea aumentando la fama de los insurgentes. Mis hombres lo saben bien- El legionario y el guardia personal de Pilato asintieron sin que nadie se lo pidiera –Sin embargo, por grave que parezca esta situación, otra ha ocupado su lugar en la escala de importancia. Hace tres días ejecutamos a un hombre mediante su crucifixión- Pilato interrumpió su relato cuando la sábana que se hallaba a sus pies comenzó a moverse. Los dos soldados se apartaron y el político venido de Roma dio un alarido de terror. El cuerpo envuelto en la sangrada tela comenzó a saltar y agitarse produciendo unos ruidos extraños.

lunes, 31 de octubre de 2011

ESTO ES HALLOWEEN

-¿Puede levantarse el acusado?-
El juzgado estaba en silencio, como un cementerio. La descripción de los hechos en las jornadas anteriores había dado evidencias de la culpabilidad del acusado, Jack Martel, pero su abogado, sabiendo que la derrota era evidente de antemano, busco el atenuante de la enajenación. Para muchos en la sala, estaba claro que Jack no estaba bien de la cabeza.
-Tras las pruebas mostradas a este tribunal, queda claro que el acusado, Jack Martel, asesinó a veintisiete personas mediante el uso de objetos afilados. Que tras ensañarse con las víctimas profanó de diferentes maneras sus cuerpos y que los enterró, según sus propias palabras- El juez hojeó el acta del juicio –por ser de gran utilidad al mundo como abono. Este tribunal le declara culpable de tales hechos- La sala no estalló, no hubo vítores ni alegría por parte de los familiares de las víctimas, hacinados en el juzgado, no por las escasas dimensiones del mismo, sino por la gran cantidad de público presente –Por otra parte y dadas las alegaciones de la defensa, este tribunal admite que el acusado, Jack Martel, no estaba, ni está, en plena posesión de sus facultades mentales. Su estado mental enfermo ha sido comprobado y atestiguado por al menos tres expertos independientes. Por ello- la sala contuvo la respiración al unísono –Este tribunal castiga al acusado con su ingreso en el ala de máxima seguridad del sanatorio mental de Darcheville, con el objeto de que sea tratado de su trastorno y que durante este tratamiento sea apartado, no solo de la sociedad libre, sino del resto de los pacientes de dicho sanatorio. Dicho ingreso se hará efectivo el próximo lunes treinta y uno de octubre. Se levanta la sesión- El golpe de mazo del juez originó un murmullo de desaprobación que se tornó en gritos e ira desmedida por parte de los afectados. Las fuerzas de orden públicas intervinieron con rapidez y Jack fue sacado de la sala por los alguaciles. El juez no le había permitido hablar tras la lectura del veredicto. De haberlo hecho, habría escuchado la canción que ahora Jack llevaba en los labios.
-Esto es Halloween, esto es Halloween, gritos en la oscuridad-

domingo, 16 de octubre de 2011

EL GRITO EN LA BATALLA

Aulus escuchó un grito y recuperó la consciencia. Abrió los ojos y se levantó del suelo cubierto de barro. Llevaba un buen rato inconsciente y no recordaba cómo había llegado a ese estado. Su entrenamiento militar le llevó de inmediato a buscar su espada. Tanteó  de rodillas y casi a ciegas el suelo cubierto de sangre y polvo. Notó que tenía un corte en la mano izquierda aunque apenas le dolía. Encontró su espada, su gladius, rota en dos partes. Desde la empuñadura apenas sobresalía un palmo de metal, destrozado, pero útil. Aulus había tardado mucho en encontrar su espada y aún así no había sido atacado. Apenas se oían gritos ni sonidos de batalla. La espesa niebla cubría el campo y apenas permitía ver. Aulus recuperó la verticalidad y en ese momento llegó a sus oídos un grito atronador, un aullido de dolor. El joven legionario creyó reconocer el grito, pero estaba tan próximo a él que su primer paso fue empuñar su improvisada arma y girarse en busca de la procedencia de la sonora queja. 

Aulus miró en derredor y no vio nada. Comenzó a caminar y observó en el suelo los cadáveres destrozados de compañeros romanos y enemigos de otra tierra. Recordó las palabras de su centurión “Puede que hoy conozcas el Averno, pero no te preocupes, tendrás suficiente compañía”. El centurión había sonreído, pero a su subalterno sus palabras no le tranquilizaron en demasía. De uno de los cadáveres recuperó una espada en mejores condiciones que la suya y comenzó a avanzar esquivando los restos humanos y guiándose por los tenues sonidos de batalla. Aquella maldita niebla no le dejaba ver y de pronto, aquel aullido, igual que el anterior solo que mucho más cercano. Los nervios de Aulus iban en aumento, en consonancia con la angustia que le producía aquel sonido tan familiar. Aún así continuó moviéndose en dirección al origen del mismo. 

De pronto desde el suelo, una mano le agarro del tobillo y Aulus dio un salto de terror. Desde el barro los ojos del centurión le miraban apenas con una chispa de vida. Aún tendido y a las puertas de la muerte, el centurión sonreía y miraba a Aulus con una mezcla de furia guerrera y de alegría al saber que las palabras anteriormente dichas al oído de su legionario habían sido correctas. Aulus vio cerrar los ojos al caído y prosiguió su avance, los sonidos de lucha se hacían más intensos y a su vez la niebla más tenue. 

A unos veinte pasos de distancia los vio. Un legionario cubierto de barro luchaba contra un enemigo que combatía como un animal herido. El legionario se defendía como podía de aquel bárbaro al que la vida abandonaba con cada golpe y aún así se mantenía en pie. Aulus decidió correr en socorro de su compañero puesto que no había visto a nadie más con vida por allí. El bárbaro atacó al legionario y de un golpe le partió la espada y le hizo un corte en la mano  que la sujetaba. El soldado romano, derrotado y desarmado, se giró y emprendió la huida en dirección a Aulus. Éste se asombró al ver el rostro del legionario, su propio rostro. Observó sus ojos de terror, la sangre en su mano. Miró la herida de su propia mano, con la que sujetaba la espada robada de un muerto anónimo, una vez entera, ahora de nuevo rota en dos mitades. Observó su pecho y vio como manaba sangre del mismo. Miró al frente y se vio a sí mismo corriendo con el rostro desencajado. Vio a su enemigo lanzarse hacia delante. En un último momento el bárbaro apuñaló en la espalda a Aulus y su espada atravesó la cota de malla hundiéndose en el cuerpo del joven legionario. Aulus se vio caer de rodillas con el torso atravesado. Se vio gritar de dolor y pena, Aulus gritó, ambos gritaron y el grito resonó en la niebla atravesando el Averno con su sonido inconfundible.

A unos metros Aulus abrió los ojos y se levantó del suelo cubierto de barro.

domingo, 2 de octubre de 2011

UN PEQUEÑO PASO PARA EL HOMBRE

Todo había sido perfecto. El módulo había aterrizado sobre la superficie del satélite con inusitada suavidad. El comandante bajó las escaleras y su acertada y ensayada frase recorrió todo el mundo entre aplausos y vítores. Un avance, un paso más en la construcción de un nuevo futuro. El comandante paseó dubitativo sobre la superficie de aquella roca, tanteando los efectos de la menor gravedad. Cuando comprobó que todo iba bien llamó al segundo de abordo. Todo era perfecto. Las imágenes transmitidas de la hazaña, quedarían grabadas y se emitirían por los siglos de los siglos, pero ahora, tocaba el trabajo duro y oscuro, el trabajo de campo, el sumar hallazgos. Las cámaras se apagaron y el comandante y su segundo comenzaron a pasear por el satélite recogiendo muestras y comunicándose brevemente por el intercomunicador. La tarea rutinaria se convirtió en ilusión.
-¡Que visión tan hermosa!- comentó el comandante observando el planeta azul alrededor del cual orbitaban en ese momento. Su segundo asintió. La belleza inenarrable de aquella bola de agua era sobrecogedora.
-Pronto estaremos allí- Respondió el segundo al mando –Será maravilloso- añadió.
Ambos paseaban a prudente distancia del módulo que les había permitido colonizar los primeros aquel pedazo de roca y polvo. De pronto el comandante sintió, más que vio, algo a su izquierda. Embutido en su traje espacial, protector frente a los estragos del vacío, el comandante de la primera expedición, avanzó en dirección a la figura que destacaba en el horizonte. Ascendió una pequeña colina arenosa y lo que vio casi lo tumbó de espaldas. Con gestos rápidos y disimulados llamó al segundo al mando. Este se apresuró a acercarse, todo lo que permitía la escasa gravedad y el difícil vestuario. Mientras, el comandante se agitaba y se ocultaba tras la escasa colina que le servía de escondite. Cuando el segundo al mando llegó, se escondió unos instantes. Asomó la cabeza y se quedó estupefacto. El comandante le sugirió que se agachara para no ser visto. Dos extraños seres de color blanco y con un único y gigantesco ojo, caminaban a saltos en dirección a una construcción de pequeño tamaño. Su extraña fisonomía dejaba claro que no estaban adaptados a la superficie por la cual se desplazaban con dificultad. Tras de sí, dejaban un pequeño objeto inidentificable.
-¿Qué es eso, señor?-
-No tengo ni idea-
-¿Qué hacemos señor?
El comandante miró a su segundo y con la voz temblorosa repitió –No tengo ni idea-
Ambos permanecieron ocultos, mirando alrededor, y el terror se apoderó de ellos cuando la construcción en la que se habían introducido los dos alienígenas se elevó. Temieron por su tercer compañero, que les esperaba orbitando sobre el satélite. Cuando la nave alienígena hubo partido y se aseguraron de estar solos, el comandante avanzó lleno de pánico en dirección a aquel objeto nunca visto pero claramente manufacturado, no natural. Se acercó lentamente. Desarmado y temeroso llegó a su altura. A cierta distancia el segundo al mando le siguió. Se colocaron en torno al objeto, echando furtivas miradas en derredor. El comandante tocó el extraño objeto, lo acarició y no comprendió nada.
-¿Qué significan esos colores y esas figuras?-preguntó el segundo
-No lo sé- respondió el comandante.
-¿Esto significa que no estamos solos en el universo?-
El comandante ZZorgasx dudó por unos instantes, sus tres dedos sujetaron la parte más fina del extraño hallazgo y se deslizaron hasta la rígida tela de la parte superior en la que se dibujaban unas barras y estrellas que para él nada significaban. Miró a su segundo que se apoyaba en su apéndice trasero para mantener el equilibrio.
-Eso parece- respondió.

jueves, 15 de septiembre de 2011

LA FIESTA DE AMANDA


Los medios de comunicación se hacían eco de la noticia con ligereza y dándole la misma importancia que a una broma. Los videos recorrían la red de redes y formaban parte de la moda del momento. Las cámaras de seguridad de varias ciudades captaban momentos extraños y poco confortantes y las imágenes daban la vuelta al mundo en minutos. En la primera de ellas, un hombre de avanzada edad, vestido de traje intentaba subir unas escaleras mecánicas que avanzaban en sentido contrario. Lo que llamaba la atención de este video era la expresión de su protagonista, con la boca muy abierta hasta el punto de casi desgarrarse. Los ojos por su parte, parecían rodeados de una extraña sombra negra. En el video del centro comercial, el caminante, tras fracasar en su intento de vencer a la acción de las escaleras mecánicas, caía de rodillas en medio de lo que parecía un aullido de dolor e incomprensión, mientras que descendía en la dirección opuesta a la que él deseaba. Lo sorprendente es que el edificio donde se desempeñaba la acción estaba cerrado y no debería haber nadie. El siguiente video mostraba a una mujer saliendo a través del escaparate de una tienda de electrodomésticos. La mujer, con las manos caídas a los lados salía de forma intangible del cristal y avanzaba sin rumbo por la oscura calle que la rodeaba, de nuevo con las mismas facciones que habían caracterizado al anterior personaje.
A Marcus nada de esto le interesaba. Marcus era feliz en una época, la adolescencia, en la que la felicidad llega a cuentagotas. La razón, como no podía ser otra, era una chica. Amanda había invitado a Marcus, personalmente, a su fiesta de Halloween, en su casa. Las hormonas de Marcus casi podían olerse desde el otro extremo de la ciudad. Alterado, el joven cayó en la cuenta de que no disponía de disfraz para acudir al evento señalado. Tras el pertinente ruego económico a sus padres, estos accedieron a financiar la noche de Marcus a cambio de un horario de llegada prudente que ambas partes de la negociación sabían que no se iba a cumplir. Marcus acudió a la tienda de disfraces más grande de la ciudad. Una vez dentro de aquel inmenso establecimiento, se dio cuenta de que no tenía la menor idea de que disfrazarse. Preguntó a una de las chicas que atendían en la tienda. Tras una serie de preguntas, la joven comercial acertó de pleno con las intenciones de Marcus, recomendándole un disfraz de hombre lobo. “Nada hay más sexy que un hombre lobo” le dijo a Marcus mientras le guiñaba un ojo y se marchaba en busca del disfraz.
Marcus entró a los probadores y se colocó los ropajes. Se dio cuenta de la estafa de la que estaba siendo fruto. El disfraz incluía unos pantalones rotos y una camisa blanca, en lo que parecía un homenaje a la representación del monstruo interpretada por Lon Chaney. Marcus podía coger cualquiera de esas prendas de su cajón sin pagar por ellas. Cuando Marcus se puso la máscara, se dio cuenta de que quería ese disfraz. Estaba diseñada de manera magistral. Era aterradora. Marcus pensó en comprar unos dientes postizos, aunque claro, tendría que quitárselos a la hora de besar a Amanda. La idea despertó una corriente de endorfinas por su cerebro y le animaron definitivamente a comprarse el disfraz. Fue en ese momento cuando oyó un ruido extraño a su espalda, como un lamento.
Marcus corrió la cortina del probador y observó a una anciana caminar frente a él, con el pelo blanco y revuelto y con la boca muy abierta. Sus ojos negros parecían podridos, así como la carne que los rodeaba, la mujer gritaba un lamento con un tono extraño y molesto mientras caminaba y el resto de la gente la miraba. Marcus, en su disfraz de hombre lobo, la observó caminar en dirección a un muro. La mujer no se detenía y de pronto con paso firme comenzó a atravesarlo como si de un fantasma se tratara. Marcus dio un respingo y se abalanzó sobre ella. La mujer casi había desaparecido por completo tras el muro entre los gritos de horror de los clientes y trabajadores de la tienda. Marcus dio un salto y consiguió sujetarla del único brazo que permanecía fuera de la pared. Durante un segundo pensó que si daba un tirón se quedaría con el brazo muerto en su mano, sin embargo no tuvo tiempo a pensar más y de pronto se vio atraído por una enorme fuerza. Y Marcus desapareció. Atravesó la pared siguiendo a la anciana. Abrió los ojos tras su máscara de Lon Chaney. Frente a él, a escasos centímetros de su cara, la anciana de ojos podridos le gritaba con un aullido que no era humano, Marcus tembló y reculó en aquel espacio negro sin apenas luces donde decenas de personas caminaban sin rumbo, con ojos muertos y bocas abiertas. Marcus tuvo miedo, gritó y lloró.
Los telediarios esta vez respetaron más la noticia de las apariciones. El número de las mismas descartaba la idea de que se tratase de alguna campaña de marketing viral de alguna gran empresa. Las desapariciones, llamadas a emergencias y demás, habían convertido la broma en suceso. Los dos últimos videos encabezaban los informativos. En uno de ellos, un hombre aparecía de inmediato en medio de un ascensor, con la expresión ya cocnocida en su rostro. Los pasajeros del elevador comenzaron a aullar de terror y una mujer pareció desmayarse. La aparición se colocó en el medio del ascensor y se sujetó la cabeza con ambas manos. Al instante atravesó el piso del ascensor y desapareció sin gesticular. El segundo video, más estremecedor si cabe, mostraba la grabación de un aficionado en mitad de una celebración del día de Halloween. En ella, los participantes comenzaban a gritar y correr cuando un hombre lobo aparecía a través de una pared. Con su rostro cubierto de pelo, el licántropo fantasmal recorrió la sala y llegó a la altura de una joven rubia disfrazada de Catwoman y que temblaba como una hoja. El hombre lobo, sin dejar de aullar, abrazó a la joven y acercó su boca abierta a la chica. Ambos gritaron y el grito se mantuvo mientras los dos tenían la boca abierta en un beso sin labios. La mujer gato intentó zafarse del fantasmal abrazo, pero el hombre lobo la arrastró en su mortal beso y ambos desaparecieron tras cruzar la pared.
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