Primera noche del año. No está siendo una
gran noche. No tengo el cuerpo para cumbias desde una extracción de muelas del
juicio que tuvo lugar hace más de una semana. Infecciones y complicaciones
varias me trajeron por el camino del dolor durante unos días, amén de que el
exceso de pastillas imposibilitó la ingesta de algún brebaje o sustancia
etílica que me ayudase a mantenerme con ritmo más allá de la media noche.
Sin embargo mi amado vecino tuvo a bien
salir de comedia hasta las 3 de la mañana, acto digno de elogio por cuanto el
señor ya peina canas. Aunque claro, una vida de comer, dormir, fumar porros y
vaguear supongo que deja energía suficiente como para disfrutar de la noche
local. Así que el buen hombre tuvo a bien llegar a casa y poner un poco de
música a un volumen, digamos excesivo. Si fuese algo de música decente quizá lo
podría perdonar, pero el buen hombre es amante de la música jamaicana más
extraña y del jazz más desconcertante. Con ello quiero decir que la música
presente en mi noche insomne era un concierto a dúo entre lo que parecía un
percusionista al que le hubiesen echado algo de cola cao en la droga y un
bajista, posiblemente manco, con los mismos conocimientos musicales que un
orangután de Borneo. O quizá menos.
Así que entre notas asonantes me tuve que
desvelar y decidí acercarme al salón a jugar un rato a la PlayStation, que para
eso está. En ese instante descubrí que, en los hermosos momentos de silencio
que se sucedían entre canción y canción, mi querido vecino tenía a bien roncar
como una marsopa en celo. Una gozada oigan.
