viernes, 10 de febrero de 2012

DOBLE CARA


Toda la vida seré defensor del personaje de Dos Caras, ambiguamente violento y malvado, culpable de locura y de sinrazón, de maldad contenida y bondad oculta. Pero Dos Caras es un personaje de comic, fácilmente integrable en un entorno de ficción donde el mundo orbita a su alrededor en unos pocos episodios y se olvida de él cuando el Joker sale de Arkham.

Lo que no me gusta es la doble faz, la doble moral, las dos caras que surgen día a día en el mundo diario. No me gustan a nivel particular, cuando alguien cercano te dice “Arre” por delante y “So” por detrás, esa gente que “Va con los de la feria y viene con los del mercado”, aquellos que “Donde dije digo, digo Diego”, que por desgracia son muchos, y siendo muchos, por alguna extraña razón van alcanzando los más altos niveles hasta incluso tocar el cielo. Y es por ello que hoy leo varias noticias que van desde lo profano a lo divino, en las cuales la doble moral está tan implícita que da miedo. Vamos a empezar por abajo:

jueves, 9 de febrero de 2012

EL NIÑO QUE VIO AL CAPITÁN AMÉRICA


-Yo tenía una librería en Dortmund- explicaba Josef a uno de los nuevos. Esta última remesa de presos que había arribado a Dachau estaba formada en su mayoría por niños y mujeres. Los presos más veteranos, grupo del que Josef formaba parte, solían tomar en cargo a los recién llegados. La entrada era dura y trataban de suavizarla. Además corría uno de los inviernos más difíciles que habían soportado. Los piojos se habían vuelto legión y los presos caían envueltos en fiebres durísimas, que en el debilitado estado en el que se encontraban y ante la connivencia y el desprecio de los soldados nazis que los custodiaban, habían convertido cada mañana en un recuento de fallecidos.

Sin embargo la muerte no era novedad en Dachau. Lo que era extraño allí era la vida y la felicidad. Para Josef, la llegada de aquellos niños se convertía en algo importante. Sus años de librero le habían convertido en alguien culto y evidentemente leído. El campo de concentración, había reunido entre sus presos a decenas de profesores y maestros de escuela, pero los niños de Dachau no necesitaban la gramática o la filología entre sus conocimientos. De esa manera, las historias narradas por Josef, congregaban docenas de niños y no tan niños a su alrededor. Josef narraba siempre el mismo tipo de historias. Las contenidas en su memoria eran miles, pero no era el momento de dramas Shakesperianos, ni de tragedias griegas. La historia, la belleza, la fuerza que había rodeado al crecimiento del ser humano y que parecía haber desaparecido en aquel gris entorno, era lo único que Josef se permitía rescatar del baúl de su conocimiento e intentaba transmitir con la mayor serenidad y belleza posible. Ante los ojos de los habitualmente reunidos y de dos muchachos que habían llegado en la última oleada y que intentaban amoldarse a la vida de barracón, Josef comenzó a narrar sus historias y por un momento las pirámides de Keops parecieron alzarse junto al barracón dos mientras el Rey Arturo cruzaba al galope por entre los guardias empuñando su fiel Excalibur con la mano derecha. Josef sentía que se quedaba sin historias que contar, pero la rápida desaparición de su público hacía que en ocasiones repetir una leyenda se volviese algo nuevo para todos. Los guardias asignados permitían las reuniones de Josef, las cuales el suponía no estaban del todo permitidas, y se quedaban a escuchar. En alguna ocasión, Josef les había visto sonreír ante una de las aventuras de Jack “el mata gigantes” o cualquiera de los cuentos que narraba a sus seguidores más jóvenes.
 
Josef veía pasar así la vida. Escapaba como podía del tifus, de la cámara de gas situada en el barracón X y de los terribles experimentos realizados por el doctor Rascher, cuyos “voluntarios” nunca volvían. Cada noche era una victoria, un día más en el infierno, pero una victoria al fin y al cabo. Pero esa noche iba a ser diferente porque era la última noche de Dachau, y a la alcoba de Josef se acercó un niño, uno de los nuevos.
 

lunes, 6 de febrero de 2012

CADENA PERPETUA


Hoy me ha venido a la memoria una de las más hermosas películas que he podido ver nunca. Mi mujer nunca ha entendido mi fascinación por Cadena Perpetua, una verdadera exaltación de la amistad, la esperanza y la libertad. Una de mis películas favoritas, capaz de hacerme llorar en cada ocasión en la que Red y Andy se encuentran en esa playa de Zihuatanejo. 

Un suceso casual me ha acercado a las sensaciones que recorrían a algunos de los personajes de esta versión cinematográfica de la obra de Stephen King. El domingo encontré por casualidad a un pequeño pájaro de color rojo, congelado, ciego y casi muerto. Me lo llevé a casa, le di calor y traté de alimentarlo como pude. Sobrevivió al domingo y el lunes pude llevarlo al veterinario, el cual me aseguró que su cura era sencilla y que lo devolverían a la libertad.

En la película dirigida por Frank Darabont, acontecen dos historias paralelas, aunque con final diferente, acerca de la amistad. La primera y más importante entre Red y Andy. La segunda entre Brooks y Jake. Brooks es un recluso ya anciano, el cual desde hace años cuida a un pequeño cuervo, alimentándolo y protegiéndolo. No es raro encontrar en películas de ámbito carcelario, mención al cuidado de aves, una de las representaciones típicas de la libertad. Brooks y Jake forman pareja hasta que al anciano recluso le dan la libertad condicional, momento en el que decide dejar marchar a su emplumado amigo. Brooks es abandonado en el mundo exterior. Un mundo feroz y frío en el que el antiguo criminal se siente indefenso y desprotegido. Brooks no solo tiene miedo, además se siente solo y esa sensación le destroza por dentro. En un momento determinado le vemos alimentando a las palomas de un parque mientras su voz nos narra que a veces piensa que Jake llegará volando para decirle hola. Solo que Jake nunca llega. Este hecho parece el detonante del abrupto final de Brooks, en una escena que me entristece con únicamente recordarla.

La relación entre hombre y pájaro no solo aparece allí. Cuando Andy Dufresne, el personaje encarnado por Tim Robbins, consigue escapar de Shawshank, Red, su amigo, recuerda su fuga y se alegra por la libertad de su compañero, pero al mismo tiempo un pensamiento pasa por su mente: 

A veces me entristece que Andy no esté aquí y tengo que acordarme de que algunos pájaros no pueden ser enjaulados. Sus plumas son demasiado hermosas. Y cuando se van volando se alegra esa parte de ti que siempre supo que era un pecado enjaularlos. Aun así, el lugar donde tú sigues viviendo resulta más gris y vacío cuando ya no están. Supongo que echo de menos a mi amigo

Red piensa egoístamente en que su vida está vacía sin su amigo, pero a la vez se siente feliz por él. Es un sentimiento contradictorio pero palpable. Hoy he vuelto a mi casa y el pájaro al que consideré mi pájaro, ya no está. Posiblemente en poco tiempo vuele libre por los cielos de Buffalo. Al igual que Jake, no creo que pase un día a saludarme. 

A ratos me entristece que no esté aquí. Me alegra que sobreviviera, pero a la vez siento que mi casa está gris y vacía. Supongo que el problema no es que el pájaro se haya ido. Supongo que echo de menos a mi mejor amiga.
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